La empatía en la vida diaria:

La Empatía:

Empatía es una palabra como rara. Suena a un término moderno, aunque viene del griego, ἐμπαθής (empathos, que significa emocionarse con…/ sentir afecto con…). Es una palabra que últimamente se ha puesto en boca del público en general (ya es cómún escuchar expresiones como “menganito o menganita no tiene nada de empatía”, que viene a significar que menganito, o menganita son un poco capullos y/o no nos entienden). Y no va del todo desencaminado, lo de que “no nos entienden”.

¿Pero… qué es la empatia?

Es la “capacidad de ponerse en el lugar de otro”.

No significa darle al otro la razón, o empezar a pensar como él, sino el ser capaces de saber qué piensa y/o siente en un momento dado. Y no sólo eso. Esto es lo que han venido a llamar “empatía cognitiva”. O sea, ser capaces de pensar poniéndonos en el lugar del otro. Pero hay más.

Está la “empatía emocional”, que es la capacidad de sentir con el otro lo que está sintiendo. Y un paso más allá está la “preocupación empática”, que es hacernos partícipes de los problemas del otro (lo cual puede llegar a ser poco saludable, ojo).

Y no sólo aparece en lo malo. También es poder alegrarse con el otro, hacernos partícipes de su alegría y de sus éxitos.

 

En la vida diaria:

Todos los seres humanos, si no hay patologías de por medio, estamos equipados con una capacidad empática muy desarrollada. Es imprescindible para vivir en sociedad.

Captamos mucha información de los demás no sólo a través de lo que nos dicen, sino del lenguaje no verbal. También decimos continuamente qué nos pasa por los mismos canales.

Pero a veces parece que la empatía “se corta”, vamos, que deja de existir. No entendemos a los demás o dejan de preocuparnos. O al contrario, parece que de repente nadie nos entiende, o nadie es capaz de ponerse en nuestro lugar. En estos casos, aunque pasar periodos así es completamente normal, algo nos está avisando de que no todo va bien.

Algunas veces, el sufrimiento psíquico hace que nos centremos en nosotros mismos, perdiendo esa capacidad empática -incluso sin ser plenamente conscientes de ello-.

Desde el modelo del psicodrama:

Entendemos que percibimos lo de los demás mediante el “tele” (básicamente una especie de empatía, para entendernos), y emitimos información que los demás captan mediante su tele. Pero por otro lado hacemos “transferencias”, es decir, que nos montamos películas, sin ser conscientes de ello de lo que les pasa a los demás. Algo tapa nuestro receptor y rellenamos los huecos con lo que mejor nos encaja.

Por eso desde la terapia psicodramática tratamos de entender cómo estamos en cada momento, para ser conscientes de dónde están “lo que “tapa nuestro receptor”, ser conscientes de qué emitimos y cómo lo reciben los demás, y por tanto aumentar nuestra capacidad empática.

Si quieres conocer más acerca del psicodrama o te estás planteando acudir a una sesión con un psicólogo en Madrid, puedes ponerte en contacto conmigo sin ningún compromiso.

 

Imagen:
Friendship, Göteborg, Sweden
Autor: Mathias Klang
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